Aprendizaje, Comunicación, Creatividad, Propósito

El propósito es servir


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Una y otra vez confirmo la importancia del propósito. No se trata de un lujo que pueden darse unos pocos, tampoco de una posibilidad que solo tienen los grandes líderes, o una obligación de quienes ocupan altos cargos o posiciones de gran influencia. Descubrir o decidir un propósito es una necesidad creciente, que concierne a todas las personas.

El mundo está cambiando, las relaciones humanas redefiniéndose, el medio ambiente muestra señales de transformación, el cambio climático es una realidad, países enteros persisten en conflicto, profundas desigualdades de acceso a educación y salud se profundizan; todo esto es parte de la experiencia que compartimos en el tiempo actual.

No podemos vivir de espaldas a esa realidad, considerando que podemos protegernos en una minúscula burbuja de bienestar, tomando decisiones pensando solamente en nuestros propios intereses y en lograr los mejores beneficios en el corto plazo. Tampoco la educación universitaria puede sostenerse si funciona específica y casi exclusivamente para preparar perfiles que respondan a los requerimientos inmediatos de la industria o el comercio.

Es necesario abrir las posibilidades de reflexión y en todos los ámbitos impulsar la conexión con un propósito. Eso implica mirar en el más largo plazo, considerar e incluir en nuestra perspectiva a las generaciones futuras, y establecernos metas que incluyan el aporte que queremos hacer a nuestro entorno, alcanzando al círculo más amplio que nos sea posible.

Comprender que nuestra vida es para el desarrollo de posibilidades (talentos, habilidades) en función de aportarlas y entregarlas en un proceso de mejora compartida, de apoyo a los demás, de creación de bienes y servicios que perduren más allá de nuestra existencia y otorguen valor a todo aquello con lo que nos involucramos. De esto se trata encontrar un propósito.

Todos tenemos capacidad de influencia en nuestro ambiente, no importa el espacio que ocupemos, el trabajo que desarrollemos o el nivel que tengamos en una jerarquía corporativa. Cada uno de nosotros posee la fuerza individual de producir valor y en nuestras acciones mejorar todo aquello con lo que estemos involucrados.

El propósito permite sostener la individualidad y aportar a lo colectivo, ofrece dirección a la existencia y facilita mejores procesos de comunicación, porque requerimos altos niveles de coordinación para aumentar el impacto de nuestras acciones.

Hay mucho escrito sobre lo que implica definir o descubrir un propósito personal -hay algunos que piensan que hay que crearlo, otros que ya existe en nuestro interior y sólo debemos permitirle emerger-, también es fácil encontrar distintas definiciones del mismo.

Una de las más difundidas coloca al propósito en el centro de una matriz que conecta nuestras misión, vocación, pasión y profesión; de modo que el propósito es un concepto o imagen que permite articular distintos ámbitos de nuestra experiencia subjetiva.

Aunque comparto esta visión, el énfasis lo colocaría en la actualidad en un elemento que a veces se pasa por alto: el del servicio. Encontrar un propósito personal no es un ejercicio intelectual; es una acción, es una experiencia integradora. Una vía segura para conectarnos con esa noción esencial es brindar servicio: dar, entregar, ofrecer lo mejor de nosotros en las más pequeñas acciones cotidianas.

De modo que si tuviera que indicar un camino para plantearlo y manifestarlo, sería ese: ponernos en acción en algún proyecto de servicio, dar de manera consciente a otros. Esto no como algo excepcional, sino como parte integral de nuestra labor, oficio o trabajo.

Finalmente, quiero insistir en la relevancia de incluir esta línea de reflexión en los espacios de educación y aprendizaje. Plantearnos un propósito es mucho más amplio y responde mejor a los retos del mundo actual que el preguntarnos por un oficio o profesión. Es indispensable invitar a jóvenes en las universidades a un cuestionamiento real y a preguntarse sobre aquello que desean aportar a sus familias y comunidades.

Independientemente del modo en que sirvamos en este mundo, el propósito nos guía siempre y nos impulsa al máximo nivel de desarrollo personal posible.

Si te interesa tener más información sobre este tema o avanzar en el proceso de experimentar tu propósito, escríbeme a contacto.ecreativa@gmail.com .

Comunicación, Creatividad, Espiritualidad

Lo espiritual: sutil y potente conexión


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Hoy quisiera poder escribir sobre algo delicado y sutil, que es al mismo tiempo poderoso. Se trata de, casi no sé cómo clasificarlo, una dimensión o ámbito de nuestra vida que muchas veces descuidamos.

Lamentablemente estamos acostumbrados a concebirnos como seres separados o fragmentados: consideramos que nuestro pensamiento, emociones y sensaciones corporales son fenómenos autónomos, apenas vinculados unos con otros. Por eso afirmamos que nuestras emociones nos llevan a hacer cosas que no queremos hacer realmente, o que nuestro pensamiento nos traiciona.

Es cierto que, si insistimos en esa perspectiva y vivimos con esa creencia, al paso de los años eso es lo que obtenemos: una dispersa sinfonía de diversos impulsos y señales, que pocas veces llegan a armonizarse. Entonces subrayamos la separación y la división, esto lo proyectamos hacia fuera y así cultivamos una experiencia de soledad.

Desde mi perspectiva, el ingrediente que falta allí es la espiritualidad, esa consciencia que puede devolvernos la vivencia de la conexión y hace posible que estén alineados pensamiento, emoción y corporalidad. Lo espiritual es fundamental para comprender al unidad que somos, tanto como para aceptar el vínculo que existe entre todo lo que se moviliza en nuestro entorno.

Es quizás el ámbito espiritual el que muchas veces, en los tiempos que corren, sentimos más aislado o apartado. Le dedicamos el tiempo que sobra, como una actividad especial de los domingos, algo que no es del todo imprescindible y que por supuesto no tiene utilidad real.

Pero en realidad sin la dimensión espiritual estamos perdidos, lo que afecta todas nuestras interacciones. Sin la vivencia de ese aspecto de nuestra experiencia, no tendremos vínculos trascendentes ni desarrollaremos nuestro potencial de comunicación. Esto porque:

  • El pensamiento suele ser errático, varía de un objetivo al otro con mucha rapidez, se agota con cierta facilidad y puede vagar sin dirección a menos que tengamos un propósito. Si trabajamos sobre la espiritualidad, tendremos mejor enfoque mental.
  • Las emociones también son cambiantes, continuamente varían y nos sorprenden con frecuencia. La consciencia espiritual nos permite percibirlas sin que nos abrumen o nos hagan caer por pérdida de balance. Y si caemos, por una sacudida emocional fuerte, volveremos a levantarnos a través de la conexión con un propósito trascendente, o por la certeza de ser más que ese suceso y esas emociones.
  • El cuerpo es lo más tangible que tenemos, a través de él percibimos y nos relacionamos con el mundo que llamamos real. Todo nuestro sistema de sensaciones se amplifica cuando permitimos el nexo espiritual.

Podemos elegir negar lo espiritual, creer que no hay nada más que nuestro pensamiento como fuerza suprema. Entonces eso será lo que experimentaremos y será una verdad total para nosotros. 

Sin embargo, también podemos escoger asumir la espiritualidad cada día de nuestra existencia, integrarla a nuestra cotidianidad, cultivarla y percibir cómo esto cambia nuestra perspectiva de manera radical.

Entonces nuestra presencia se hará más fuerte y nuestras comunicaciones tendrán mayor impacto, los vínculos que generemos tendrán más sentido y potencia. Sólo a través de la espiritualidad alcanzaremos la posibilidad de viajar hacia el otro, o que ese otro se movilice hacia ese lugar donde armonizamos, que es el de la verdadera comunicación.

Una vez entendido esto, el desafío será encontrar modos de entrenar la espiritualidad, dándole el mismo valor y tiempo que le ofrecemos a la mente (estudio), a las emociones (relaciones) y al cuerpo (ejercicio físico).

Si quieres saber más sobre cómo trabajar integrar estos elementos, para darte sentido y dirección, y facilitar comunicaciones de mayor impacto y trascendencia, escríbeme para apoyarte a contacto.ecreativa@gmail.com .

Aprendizaje, Comunicación, Expresión Oral

Comunicarse: cuestión de enfoque


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Mantener el enfoque es una de las claves más importantes para la expresión fluida y la comunicación con impacto.

Pensemos en las dificultades que experimentamos en nuestros procesos de comunicación: ¿Sientes miedo escénico en determinadas situaciones? ¿Tus dudas o tu introversión resta fuerza a tu expresión?  ¿Las emociones te abruman y superan en una conversación difícil? ¿Se te va el hilo de tus ideas? ¿Se te pierden las palabras adecuadas o precisas? Absolutamente todo esto tiene su base en la pérdida de enfoque, en cierta dispersión de la atención.

Por eso es tan relevante trabajar en nuestra concentración si queremos lograr interacciones más balanceadas y constructivas, con mejores resultados para todos los involucrados. Pensemos en las situaciones ya mencionadas:

  • Miedo escénico: la pregunta que debemos hacernos es ¿dónde estamos colocando nuestra atención? El temor a hablar en público generalmente viene acompañado -o producido- por imágenes recurrentes de aquello que puede salir mal, de los errores que podemos cometer frente a una audiencia determinada. Esto implica que estamos colocando la atención en algo que no nos apoya, que nos bloquea; de allí que un cambio en el enfoque es fundamental y generalmente calma los temores a la exposición.
  • Dudas e introversión: juzgar la introversión como algo negativo es realmente un malentendido. En realidad, si eres de las personas que se enfoca más en el interior, tienes un mundo de posibilidades para tu expresión, que provienen desde aquello que se mueve internamente. Esto implica un giro en el enfoque, para lograr utilizar los recursos subjetivos en una expresión que no exige, como a veces se cree, un despliegue de recursos gestuales o corporales, como quizás lo haría alguien extrovertido.
  • Emociones que abruman: al igual que con el miedo escénico, dejarse superar por el movimiento emocional es sostener un foco que no permite una expresión fluida y adecuada. En cierto modo es como si no dependiera de nosotros sino de la energía de las emociones, que por supuesto es impredecible, pero que debemos lograr encauzar. De allí que sea necesario apoyarse colocando la atención en un elemento más concreto y que podemos manejar a través de la voluntad consciente, por ejemplo en la postura corporal y en la respiración -no hay nada más concreto que esto-.
  • Ideas que se pierden: cuando pierdo el hilo de una presentación o exposición, o no encuentro la forma de compartir una idea en una conversación, hay un elemento de distracción presente, de cierta pérdida de conexión del propio ritmo y flujo del pensamiento. Pero con el manejo de la concentración, que funciona como un haz de luz que se dirige voluntariamente, es posible encontrar un espacio interior de calma donde “filtrar” los pensamientos y seguir con coherencia una temática, de inicio a fin.
  • Faltan las palabras: en la mayoría de las ocasiones logro identificar en esta situación un salto de la atención o el foco. Es posible que sea necesario trabajar sobre un mejor manejo del idioma o en ampliar el vocabulario, pero en general lo que ocurre es que estamos enfocados en una forma particular de articular palabras que puede no sernos natural. Por eso movilizar el enfoque para encontrar una aproximación más acorde con nuestra esencia facilita la superación de esta dificultad.

Como puede verse, el trabajo sobre la concentración y el enfoque es sumamente amplio y es el fundamento del desarrollo de las habilidades expresivas y la capacidad de comunicación.

Todavía hay un aspecto adicional en este asunto: sin capacidad para enfocar aspectos específicos, se hace imposible el avance o el aprendizaje. Es necesario poder mover el foco entre distintos aspectos: lo que experimento -sensaciones, emociones-; lo que se percibe desde afuera -mirado a través de una grabación o ejercicios frente al espejo, por ejemplo-; lo que pienso; la forma en que los demás reaccionan cuando me expreso; los niveles que se están manifestando en mi discurso -etapas del mismo, idea central y secundarias-; el lenguaje no verbal. Como podemos ver, se trata de un viaje en el cual mi atención debe alternar entre cada uno de estos elementos con gran rapidez, e incluso ocuparse de varios de ellos de manera simultánea.

Finalmente, es sumamente importante comprender que el enfoque no es únicamente una operación mental, sino una experiencia integral que sucede en todos los niveles de nuestra expresión.

Si quieres trabajar para alcanzar un mejor enfoque, podemos hacerlo juntos pues la atención se fortalece como un músculo, a través del entrenamiento dirigido, particularmente en la práctica de la expresión y la comunicación presencial. Puedes contactarme a través del correo contacto.ecreativa@gmail.com.

Comunicación

Una invitación a escuchar


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No es cuestión sólo de efectividad, sino de humanidad, de lo que nos es esencial para sostener el mundo en que vivimos, que sea posible comprendernos y convivir, que progresivamente vayamos ganando más espacios para el respeto y la paz.

Se trata de ESCUCHAR, esa práctica que a veces parece tan perdida, aunque pasemos tanto tiempo en nuestros dispositivos “inteligentes” consumiendo información. Porque escuchar no es una operación exclusiva del pensamiento, sino que es un acto que nos implica por entero.

Escuchar genera conexión, se trata de ser capaces de recibir al otro y también de ir hacia ese con quien nos comunicamos. Abrirse a escuchar, percibir por entero, es un riesgo real que nos va a transformar en cada interacción, ampliando nuestras posibilidades de ser y hacer.

Nuestra supervivencia depende de la capacidad para escuchar, de modo que podamos responder adecuadamente a lo que sucede en el entorno, e incluso seamos capaces de armonizar en el contexto aquello que viene de nuestro interior: nuestras necesidades, emociones, ideas, propuestas, visiones, proyectos.

Nos hemos acostumbrados a creer que las metas se alcanzan a fuerza de voluntad y, si bien es cierto que se requiere disciplina y dedicación para convertirnos en maestros de cualquier arte u oficio, es importante reconocer la necesidad de sincronizar un conjunto de elementos que no dependen únicamente de nuestro libre albedrío y decisión, sino de múltiples factores que escapan a nuestro control consciente, y que se movilizan de formas sumamente sutiles.

Escuchar es entonces respetar los ritmos que oscilan entre lo particular y lo universal,  que se vinculan de forma tal que todo lo que requerimos para fluir entre los sucesos y las intenciones, es lograr conectarnos con nosotros mismos y eso que somos, también en constante evolución.

Reconocer además que la escucha es relativa y dinámica, siempre dependiente del lugar desde el cual recibimos la información o percibimos los elementos de una situación en la que interactuamos con otras personas. Eso nos alejará de “verdades absolutas” que no son otra cosa que rigidez.

Mantenernos abiertos, flexibles; ceder posición y experimentar la oportunidad de aprendizaje que eso representa; cooperar, mantener el foco en el resultado sin apegarnos; no defendernos ni forzar a otros a pensar como nosotros; permitirnos el error, reconocerlo y avanzar; cuidarnos y cuidar a los demás; todas son formas prácticas de escuchar, y en la medida en que más las integremos a nuestra cotidianidad, mayores niveles de percepción y conexión alcanzaremos.

Esta es mi invitación. Vamos a escuchar.

Si quieres más información, entrenar tu percepción o trabajar sobre tus habilidades de comunicación, comunícate conmigo o suscríbete.

Aprendizaje, Comunicación

Resiliencia: superar la adversidad


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Hago una suerte de paréntesis para abordar un tema que ha estado muy presente durante los meses recientes, reflexiones que han sido generadas por una experiencia significativa, que me ha marcado de manera profunda, ampliando mi perspectiva sobre los procesos de comunicación humana. 

De las rupturas y las fronteras

Hay quienes han tenido que experimentar crisis profunda en sus vidas, quienes llevan sobre sí las cicatrices de irrecuperables rupturas, quienes viven las fronteras como el límite entre la vida y la muerte.

Algunas de esas personas tuve oportunidad de entrevistar a lo largo de este año: a la pareja que salió de la finca porque un grupo armado les amenazó de muerte; a la muchacha adolescente cuyo nombre colocaron en una lista negra porque había mostrado exceso de liderazgo en su pueblo; a la mujer que fue extorsionada y perseguida hasta que su fortuna se convirtió en un vacío profundo y soledad. Todo esto está en movimiento, en el mundo en que vivimos hoy, en la dimensión de los máximos contrastes.

No puedo exponer aquí los detalles, el material no me pertenece, pero sí puedo afirmar que fui testigo de las profundas heridas que tenemos en los países de América Latina y también en las naciones del mundo: las marcas de los conflictos, la violencia, la desigualdad y la injusticia.

Las cosas que damos por seguras

La mayoría de nosotros nos olvidamos de esas realidades difíciles en el devenir cotidiano. Si vivimos en un contexto de relativa paz, con ciertas garantías y seguridad, con un trabajo y espacios de entretenimiento, damos por sentado que esa es la realidad generalizada y juzgamos desde ese lugar al mundo.

Pero esos espacios han sido ganados a través de años de historia en confrontaciones, luchas de colectivos, movimientos y grupos sociales que han trabajado arduamente para lograr la defensa universal de los derechos humanos, entre muchas otras cosas que hoy pensamos que están garantizadas.

Es importante recordar que no lo están, porque si lo comprendemos seremos más cuidadosos en nuestro comportamiento, más responsables socialmente y mejores ciudadanos.

Hacia la resiliencia

También seríamos menos individualistas y autosuficientes, al comprender la importancia vital que tienen nuestras relaciones y vínculos con otros, los espacios e instituciones que nos acogen (la escuela, los centros educativos en todos sus niveles, los gobiernos locales y nacionales, las organizaciones comunitarias), y finalmente las experiencias y aprendizajes que van desarrollando en nosotros competencias y habilidades.

La resiliencia es tanto individual como colectiva. En una persona se manifiesta como la capacidad para sobreponerse a largos períodos de dolor y adversidad; en una sociedad como la posibilidad de resistir y responder a situaciones de crisis, garantizando la seguridad de los ciudadanos, gracias a la fortaleza institucional.

Lo cierto es que vivimos en un mundo que requiere de nosotros más consciencia y más resiliencia. Las crisis, los conflictos, los desastres, todas son señales de la necesidad de transformación en todos los ámbitos de la vida humana. Desde lo más personal e íntimo, hasta los espacios colectivos y las nociones universales, se requiere de nuestra reflexión y acción inmediatas.

Y son precisamente esas voces impactadas por la fatalidad las que tienen el saber y la experiencia necesarias para enseñarnos sobre cómo hacernos más fuertes y resilientes; sus historias representan tanto una alerta ante la iniquidad y los atropellos, como un testimonio de valor y superación.

ESCUCHARNOS

De modo que es fundamental escucharnos, no solamente a los eruditos y los expertos, a los exitosos y famosos, sino también a los olvidados y relegados, especialmente a quienes están fuera del sistema, aquellos que han sido discriminados y apartados. Es posiblemente allí donde estén las claves para transformar al mundo en que vivimos en un lugar de mayor paz e integración.

Aprendizaje, Comunicación

Mantenernos constructivos frente a la incertidumbre


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Todo cambio tiene una dosis de incertidumbre. Las modificaciones más pequeñas traen consigo movimientos que, por más minúsculos que sean, pueden producir algún grado de ansiedad frente a lo nuevo desconocido. Sumemos a esto nuestras expectativas, las ideas que tenemos sobre lo que debería ser y lo que no debería ser. Nuestros temores profundos, que pueden dispararse fuera de nuestro control en cualquier momento. Si miramos solamente este rostro de los cambios, pocas veces nos atreveríamos a modificar nuestra realidad.

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Pero la posibilidad transformarnos a nosotros y al mundo en que vivimos es real y, si miramos bien, está en todo lo que hacemos. Cada movimiento que iniciamos, cada relación, cada elección en el diario devenir, viene cargado de la idea de algo distinto, de alguna visión sobre las posibilidades futuras, de una esperanza sobre lo que deseamos experimentar.

Así que allí está, una suerte de tensión creativa: podemos temer al cambio, pero al mismo tiempo lo deseamos. Esperamos que las cosas en nuestro mundo se muevan, que sean diferentes en algún nivel a como son ahora. Porque todos queremos avanzar, crecer, aprender, abrir oportunidades, compartir, vivir el amor, el encuentro; y todos sabemos que para ello es necesario a veces retroceder, fracasar, fallar, cometer errores, perder, desencontrarse.

Si sabemos aprovechar estos momentos, que hay muchos en la vida (quizás la mayor parte del tiempo), en los que las cosas no van como queremos que vayan, en las que nos vemos movilizados hacia espacios y circunstancias desconocidas, encontraremos infinitas oportunidades para desarrollar nuevas habilidades, aprender distintos modos de hacer las cosas, producir o encontrar mejores resultados y además disfrutar el proceso. Porque donde están los mayores desafíos, también aguardan las mejores posibilidades.

Recientemente he enfrentado retos que considero importantes y he compartido algunas de estas ideas con amistades que están recorriendo nuevos caminos, iniciando proyectos, y juntos coincidimos en la necesidad de aprender a enfrentar la incertidumbre. Lo cierto es que tenemos la posibilidad de reconocerla como necesaria, para poder superar momentos difíciles, sostener el enfoque en lo que buscamos y dar solamente un paso a la vez, ni más ni menos.

Una forma de experimentar el mundo es asumiendo que lo que llamamos realidad es una proyección de nuestro interior: nuestras creencias y juicios funcionan como un filtro que nos permite ver sólo aquello que estamos preparados para percibir. Aceptar esto como cierto es reconocer que un cambio en el interior puede transformar radicalmente el mundo exterior.

Así que una decisión que puede servirnos de gran apoyo, es ver el mundo de la forma más constructiva que nos sea posible y hacernos responsables de ello. No me refiero al “ser positivo a ultranza”, tampoco al “estar por encima de los hechos”, sino trabajar sinceramente por aportar y edificar en cualquier relación, interacción o situación. Esta idea ha hecho una diferencia importante en mi vida, mantenerla firme no siempre es fácil, pero es una gran intención que me permite descubrir nuevas posibilidades en el camino.

He conocido personas que han pasado por situaciones que yo considero extremas, que han estado al borde de la muerte, o han atravesado verdaderos túneles que les han tocado profundamente en todos los niveles de su vida. Estos eventos los han hecho reinventarse, muchos incluso se han convertido en guías para otros, en luces del camino de los demás. No deja de sorprenderme la capacidad de nosotros los seres humanos para convertir los desafíos en aprendizajes y nuevas fortalezas.

Avancemos con la certeza de que, frente a la incertidumbre, nuestras capacidades se renuevan y fortalecen.

Aprendizaje, Comunicación

¡ESCUCHA! El necesario ejercicio de no juzgar


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De los ejercicios más importantes en los procesos de comunicación, está el escuchar. Practicar la escucha nos puede llevar a experiencias y aprendizajes profundos. Escuchar implica una posición de apertura, que podemos llevar al nivel que decidamos en función de nuestra visión y postura ante las cosas y las personas que nos rodean.

Recientemente me he propuesto llevar mi escucha a un nuevo nivel, intentando ser más consciente de los prejuicios que tengo al respecto de las personas. Ha sido un proceso desafiante y muy interesante, porque me he percatado, y estoy seguro no ser el primero en pasar por esto, que tengo más prejuicios de lo que creía.

Piensa por un momento en ello: hay personas que consideramos “menos”, de distinta manera, a veces de modos muy sutiles. Sé que nuestra primera reacción al plantear esto, la mía también la fue y todavía a veces me resisto, es decir “no, no, en mi caso no es así, yo he trabajado mucho y acepto a cualquier persona”. Pero lo cierto es que juzgamos de manera inmediata, sólo por el aspecto físico, o por la forma de hablar, entre otros elementos.

Incluso es una práctica natural conocer a alguien y luego revisar el conjunto de prejuicios que nos hemos hecho. Nos encontramos con alguien nuevo y más tarde estamos comentándole a alguien de confianza las cosas extrañas que dice o hace, y si nos ha caído mal por alguna razón entonces nos esforzamos por indicar lo que está fuera de lugar. Usamos muchos calificativos de manera muy alegre e irresponsable, por así decirlo.

Por supuesto el juzgar es inevitable, lo hacemos para procesar nuestras interacciones a mayor velocidad, ahorrar energía y poder ubicarnos ante los otros rápidamente, utilizando nuestras referencias del pasado. Entonces no se trata de eliminar el juicio (o prejuicio) sino de hacerlo consciente, saber que está allí y, lo que es más difícil, entender que eso no es la verdad, que puede estar equivocado (y la mayor parte del tiempo lo estará).

En realidad lo que hacemos la mayor parte del tiempo es lanzar nuestras proyecciones, nuestras ideas preconcebidas, a veces hasta nuestra “basura” sobre los otros. Lo que percibimos no son ellos, sino lo que nosotros creemos que son según nuestros estándares.

Este es el primer ejercicio que propongo, darme cuenta de que estoy equivocado, que coloco sobre las personas con quienes interactúo mis propias percepciones, que intervengo en niveles que producen a confusión, malos entendidos, porque en el fondo estoy intentando forzar a los demás a que vivan como yo creo que deben hacerlo, a que actúen ajustados a mis estándares, y les reclamo, sobre todo a los más cercanos, cuando esto no ocurre de esa manera.

¿Qué pasaría si recojo mi basura y la proceso dentro de mí en vez de lanzarla sobre los demás? ¿Con qué nos quedamos si juntamos nuestras proyecciones y las detenemos por un instante para intentar percibir lo que hay más allá?

No tengo respuestas para estas interrogantes, pero vale la pena intentarlo. Escuchar es un camino para el entendimiento, para la cooperación, para el fortalecimiento de nuestros vínculos como seres humanos.

Comunicación, Expresión Oral

COMUNICAR: La conexión primero


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Para poder comunicarnos mejor hay que lograr realizar una afirmación interior: conectar con una motivación propia y permitir que ello movilice nuestra percepción en grado tal, que aparezca claramente esa necesidad de interactuar con otros para que compartan nuestra visión.

De esto se trata realmente el acto de comunicación: conexión. Creemos que los efectos de persuasión, impacto, elocuencia, son todos consecuencia de un compromiso verdadero con aquello que decimos y a quien se lo decimos. La mayor búsqueda, la que tiene más sentido, es la de ser genuino, lo que implica responder desde adentro.

Con frecuencia se insiste en los efectos del acto de comunicación, de modo que los entrenamientos para oradores o presentadores se centran en la forma, lo cual por supuesto resulta muy útil: trabajar la voz, el gesto, la postura, el ritmo. Todo ello es necesario y cuando está bien abordado produce notorios avances.

Pocas veces sin embargo se complementa este trabajo o se aborda lo que consideramos todavía más relevante: la motivación, el reconocimiento de un propósito, la identificación del propio estilo de expresión y la consciencia sobre el nivel de responsabilidad que implica comunicarnos mejor.

Es interesante sin embargo que no se puede trabajar un ámbito sin movilizar el otro, de modo que aun cuando solamente entrenemos la forma, o nos esforcemos únicamente en mejorar el uso de nuestro instrumental expresivo (voz y cuerpo), estaremos de todas maneras afectando otros elementos de nuestra percepción y experiencia subjetiva (autoestima, seguridad personal, claridad, empatía, espontaneidad).

El peligro está en que si sólo se insiste en los elementos de la forma, el camino es mucho más largo, repleto de dificultades y los efectos difícilmente serán duraderos, además de la tensión que se genera en cualquiera cuando intenta hablar o realizar una presentación siguiendo una lista interminable de indicaciones técnicas.

Cuando se trabajo de manera directa sobre los elementos de la conexión, el propósito y la motivación sin embargo, la forma adecuada de expresión parece llegar por sí misma, sin presiones innecesarias, como si ese conocimiento está alojado en el cuerpo desde el nacimiento. La forma necesaria (la voz, el gesto, el ritmo, la mirada, el cuerpo) aparece cuando existe una verdadera necesidad de comunicación.

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Comunicación, Lo corporal, No Verbal

Cuerpos sin Límites


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A lo largo de mi vida me enseñaron que a medida que pasaban los años, mi cuerpo iba perdiendo la capacidad de alcanzar determinadas condiciones físicas. Para tener un split, tenía que haber aprendido a los 7 años, como mucho; para tener un arco flexible (espalda muy curveada), tuve que haber hecho gimnasia desde niña; para correr grandes distancias, tenía que haber corrido en algún equipo desde los 10 años; para pararme de manos, casi tenía que haber pasado la vida entera de cabeza, entre muchas otras cosas.

Desde niña quise ser gimnasta, pero cuando finalmente tuve los medios para aprender alguna disciplina, ya había pasado los 20 años de edad. Según la información que manejaba, no tenía posibilidad alguna de practicar nada de lo que quería hacer: danza contemporánea y acrobacias. Sin embargo, hurgué en mi cofre de deseos y tomé la decisión de intentar con el baile flamenco. Gracias a las circunstancias y a mi empeño en aprender a bailar lo mejor posible (tomando en cuenta todos los límites que supuestamente tenía a nivel físico), los años me llevaron a soltarme más y más.

Cumplidos los 28 años y formando parte de una compañía de flamenco emergente en Venezuela, tuve la oportunidad de ver mi primera clase de preparación física para el baile contemporáneo. Después de varios meses de práctica y toda la motivación de mi profesor, experimenté y supe que todo lo que había creído sobre mi cuerpo era una gran mentira. No sólo había mejorado mi resistencia física, sino que también estaba alcanzando nuevos niveles en mi flexibilidad. Mi cuerpo empezaba a moverse de manera distinta y sentí la “amplitud” que estaba adquiriendo.

Curiosa, comencé a leer, a preguntar y a documentarme y entonces aparecieron nuevos maestros, nuevas lecciones y nuevas disciplinas que practicar. He conocido personas rehabilitadas de accidentes que hoy tienen mejores condiciones físicas y recorren mayores distancias que ayer; personas mayores que mantienen un equilibrio envidiable durante una clase de yoga;  mujeres que en su vida habían asistido a una clase de ballet y hoy en día tienen un hermoso split; y muchos otros casos parecidos y sorprendentes. Personalmente, con el paso del tiempo he ido rebasando muchos de esos “límites”, permitiendo que mi cuerpo sea tan fuerte y ágil como lo desee.

yoga-menopausiaLo más maravilloso de esta experiencia que ha marcado la última década de mi vida, es que no solo he alcanzado grandes niveles de satisfacción y realización personal, sino que he aprendido mucho más sobre mí misma y sobre todo, he aprendido de mi propio cuerpo: cómo me habla, cómo se comunica conmigo, qué necesita y cuándo lo necesita. Este conocimiento se evidencia también en mi manera de entender mi entorno y de comunicarme con él.

Hoy en día, estoy convencida de que no existen límites físicos reales, ni por edad ni por condiciones corporales. Nuestros cuerpos no conocen los límites. Éstos están en nuestras mentes. Lo único que debemos hacer para alcanzar los niveles que queremos, es entrenar día tras día, para ir desarrollando y mejorando las capacidades que ya tenemos, pero que damos por perdidas.

En conclusión, se trata de un trabajo diario en el que el cuerpo le dice a la mente “sí puedo”, y no viceversa. Es decir, debemos dejar que sea nuestro cuerpo el que hable. Luego de haberlo escuchado y contando con su apoyo, podremos decirle al mundo absolutamente todo lo que queremos y del modo en que lo queremos.