Aprendizaje

Aprendizaje, Propósito

Del sentido a una narrativa con propósito


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Recientemente he leído el libro The Power of Meaning, de Emily Esfahani Smith, lo que fue para mí una enriquecedora experiencia que volvió a conectarme con ideas que siento de vital importancia para vivir una vida satisfactoria.

En sus páginas podemos pasar por una amplia visión sobre la crisis de sentido de los tiempos que corren, caracterizada por cierta dificultad para llenar de significado la existencia que compartimos en el devenir cotidiano. Quien más, quien menos, todos hemos pasado alguna vez por alguna etapa de tensión interna porque se nos desdibuja la propia identidad o extraviamos la claridad, sobre todo frente a circunstancias desafiantes.

Surgen las preguntas: ¿Quiénes somos realmente? ¿Qué es aquello esencial que nos conduce incluso en las situaciones más adversas? ¿Cuáles son los recursos que nos mantienen a flote en medio de la tormenta? Las respuestas son muy personales, íntimas e individuales; sin embargo la base es común: se trata de nuestros valores.

Aquellos valores que identificamos como esenciales para nosotros son parte sustancial de nuestra identidad, configuran nuestra conducta y determinan, en cierto modo, nuestra forma de actuar y de relacionarnos. Son los cimientos de la creación del sentido que le damos a la vida, a partir de ellos le otorgamos un significado a la existencia.

Esta no es una idea nueva, sin embargo es un aspecto que a veces olvidamos o no hacemos del todo consciente. Esto nos lleva a otro elemento fundamental para una vida satisfactoria: el conocimiento personal, la posibilidad de vernos y comprender aquello que nos caracteriza, junto a la capacidad de conducirnos.

Siempre he comulgado con esta idea: es importante percibirnos, reconocernos, cultivar y nutrir la relación con nosotros mismos, velando por nuestras necesidades, siendo responsables tanto de nuestros pensamientos como de nuestras emociones y acciones; también es fundamental identificar y fortalecer nuestros valores, como base de nuestra identidad.

En esta línea de pensamiento, Emily nos propone en su libro otro elemento: el propósito. Así se completa un primer ciclo en el proceso de otorgar sentido a la vida: encontrar o definir un propósito. Recuerdo ahora a David Allen y su Getting Things Done, quien también habla claramente de la fuerza que tiene el plantearnos un objetivo mayor, aunque más asociado a la productividad y al manejo del enfoque en nuestras actividades diarias. Lo cierto es que, sea cual sea nuestra forma de identificar, crear o descubrir nuestro propósito, este es un elemento central de una vida con sentido.

En esta dinámica, que hasta ahora parece muy individual (y lo es), los demás también tienen su espacio y juegan su rol en la escena. La energía para todo esto proviene de nuestra familia, de nuestra comunidad, del fortalecimiento de nuestro sentido de pertenencia, porque ello nos nutre e impulsa. A fin de cuentas, la realización del propósito, la concreción de una vida con sentido, se logra en relación con otros; solamente en relación con ese otro, que es también parte esencial de nosotros, podemos completar la dinámica del ser – estar – hacer.

En este punto uno podría preguntarse ¿Cómo abordo todo esto que parece ser tan abstracto? ¿De qué manera podemos reconocerlo y desarrollarlo? La respuesta puede ser muy sencilla y también se aborda en el texto The Power of Meaning: a través de la historia que nos contamos y compartimos con otros.

Todos construimos la identidad a través de las experiencias del pasado, que moldean la perspectiva que tenemos del ahora y la posibilidad de elaborar un porvenir. La buena e impactante noticia es que no son los hechos los que moldean nuestras percepciones, sino nuestras percepciones las que transforman los acontecimientos en oportunidades para aprender, crecer y avanzar.

Con esta especial clave culmino estas líneas: pon atención a la historia que estás contando, al relato que estás creando en tu interior, porque allí harás la diferencia más importante. De esa historia dependerá que estés a merced de las circunstancias, o que seas el dueño de tus decisiones y acciones en la creación de una vida plena y con sentido.

Aprendizaje, Comunicación, Propósito

¿Cómo te comunicas?


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Recientemente he vuelto a reflexionar sobre mi forma de procesar información y comunicarme con otros. Siempre he creído que esta reflexión es crucial, para comprender por qué funcionamos de una manera y de qué forma podemos ser más efectivos en nuestras dinámicas de interacción.

Muchas de las dificultades que enfrentamos al comunicarnos con otros, especialmente con quienes son nuestros afectos más cercanos, se producen por estas diferencias en la manera de percibir el mundo y expresarnos en él. En mi caso, priva generalmente la intuición y la conexión emocional, lo que implica relatividad y estructuras dinámicas; otros en cambio, pueden estar más cómodos organizando la realidad a través de su pensamiento, estableciendo categorías para las experiencias y comunicando lo que perciben como una verdad.

Claro que no somos totalmente una cosa u otra, esto es solamente una parte del complejo entramado de mecanismos que dentro de nosotros funcionan, así como uno de los niveles de reconocimiento y desenvolvimiento de la interacción humana. Así que, en cierto modo, estoy simplificando; sin embargo, de un ejercicio como este se obtiene mucho valor.

Porque de nuestro estilo y formas de percibir, procesar estímulos y expresarnos, depende todo en nuestras vidas: el establecimiento de relaciones, la fluidez de nuestro trabajo en equipo, los modos de ejercer el liderazgo, la toma de decisiones, los ritmos, la expresión de opiniones o percepciones, la comprensión de lo que los otros nos comunican, la capacidad de dar y recibir feedback, la lista no tiene fin.

Esta es la razón por la que vuelvo una y otra vez a estas preguntas esenciales: ¿Cuál es mi forma de estar en el mundo? ¿Cómo percibo la realidad? ¿De qué forma proceso información? ¿Cuál es mi manera predominante de comunicarme con otros?

Las respuestas a estas preguntas me permiten identificar dónde necesito poner más atención, cuáles aspectos de una situación tienden a escaparse a mi percepción, cuáles elementos capto con mayor facilidad y rapidez que otros, cómo puedo presentar mis ideas y visiones para que sean mejor recibidas en mi ámbito profesional y en mis espacios privados. Estas interrogantes y sus respuestas son el inicio de un importante proceso de desarrollo en mis habilidades de comunicación.

Recomiendo sinceramente que te hagas estas preguntas e intentes responderlas de la forma más honesta, e incluso podrías conversar con personas allegadas para que te den feeedback acerca de cómo te perciben; luego puedes armar el rompecabezas con todas esas piezas, dado que no siempre es fácil percibirnos con claridad a nosotros mismos.

Haz la prueba, descubre más acerca de ti, es el primer paso para desarrollar nuestras capacidades de comunicación personal.

Aprendizaje, Comunicación, Creatividad, Propósito

El propósito es servir


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Una y otra vez confirmo la importancia del propósito. No se trata de un lujo que pueden darse unos pocos, tampoco de una posibilidad que solo tienen los grandes líderes, o una obligación de quienes ocupan altos cargos o posiciones de gran influencia. Descubrir o decidir un propósito es una necesidad creciente, que concierne a todas las personas.

El mundo está cambiando, las relaciones humanas redefiniéndose, el medio ambiente muestra señales de transformación, el cambio climático es una realidad, países enteros persisten en conflicto, profundas desigualdades de acceso a educación y salud se profundizan; todo esto es parte de la experiencia que compartimos en el tiempo actual.

No podemos vivir de espaldas a esa realidad, considerando que podemos protegernos en una minúscula burbuja de bienestar, tomando decisiones pensando solamente en nuestros propios intereses y en lograr los mejores beneficios en el corto plazo. Tampoco la educación universitaria puede sostenerse si funciona específica y casi exclusivamente para preparar perfiles que respondan a los requerimientos inmediatos de la industria o el comercio.

Es necesario abrir las posibilidades de reflexión y en todos los ámbitos impulsar la conexión con un propósito. Eso implica mirar en el más largo plazo, considerar e incluir en nuestra perspectiva a las generaciones futuras, y establecernos metas que incluyan el aporte que queremos hacer a nuestro entorno, alcanzando al círculo más amplio que nos sea posible.

Comprender que nuestra vida es para el desarrollo de posibilidades (talentos, habilidades) en función de aportarlas y entregarlas en un proceso de mejora compartida, de apoyo a los demás, de creación de bienes y servicios que perduren más allá de nuestra existencia y otorguen valor a todo aquello con lo que nos involucramos. De esto se trata encontrar un propósito.

Todos tenemos capacidad de influencia en nuestro ambiente, no importa el espacio que ocupemos, el trabajo que desarrollemos o el nivel que tengamos en una jerarquía corporativa. Cada uno de nosotros posee la fuerza individual de producir valor y en nuestras acciones mejorar todo aquello con lo que estemos involucrados.

El propósito permite sostener la individualidad y aportar a lo colectivo, ofrece dirección a la existencia y facilita mejores procesos de comunicación, porque requerimos altos niveles de coordinación para aumentar el impacto de nuestras acciones.

Hay mucho escrito sobre lo que implica definir o descubrir un propósito personal -hay algunos que piensan que hay que crearlo, otros que ya existe en nuestro interior y sólo debemos permitirle emerger-, también es fácil encontrar distintas definiciones del mismo.

Una de las más difundidas coloca al propósito en el centro de una matriz que conecta nuestras misión, vocación, pasión y profesión; de modo que el propósito es un concepto o imagen que permite articular distintos ámbitos de nuestra experiencia subjetiva.

Aunque comparto esta visión, el énfasis lo colocaría en la actualidad en un elemento que a veces se pasa por alto: el del servicio. Encontrar un propósito personal no es un ejercicio intelectual; es una acción, es una experiencia integradora. Una vía segura para conectarnos con esa noción esencial es brindar servicio: dar, entregar, ofrecer lo mejor de nosotros en las más pequeñas acciones cotidianas.

De modo que si tuviera que indicar un camino para plantearlo y manifestarlo, sería ese: ponernos en acción en algún proyecto de servicio, dar de manera consciente a otros. Esto no como algo excepcional, sino como parte integral de nuestra labor, oficio o trabajo.

Finalmente, quiero insistir en la relevancia de incluir esta línea de reflexión en los espacios de educación y aprendizaje. Plantearnos un propósito es mucho más amplio y responde mejor a los retos del mundo actual que el preguntarnos por un oficio o profesión. Es indispensable invitar a jóvenes en las universidades a un cuestionamiento real y a preguntarse sobre aquello que desean aportar a sus familias y comunidades.

Independientemente del modo en que sirvamos en este mundo, el propósito nos guía siempre y nos impulsa al máximo nivel de desarrollo personal posible.

Si te interesa tener más información sobre este tema o avanzar en el proceso de experimentar tu propósito, escríbeme a contacto.ecreativa@gmail.com .

Aprendizaje, Comunicación, Expresión Oral

Comunicarse: cuestión de enfoque


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Mantener el enfoque es una de las claves más importantes para la expresión fluida y la comunicación con impacto.

Pensemos en las dificultades que experimentamos en nuestros procesos de comunicación: ¿Sientes miedo escénico en determinadas situaciones? ¿Tus dudas o tu introversión resta fuerza a tu expresión?  ¿Las emociones te abruman y superan en una conversación difícil? ¿Se te va el hilo de tus ideas? ¿Se te pierden las palabras adecuadas o precisas? Absolutamente todo esto tiene su base en la pérdida de enfoque, en cierta dispersión de la atención.

Por eso es tan relevante trabajar en nuestra concentración si queremos lograr interacciones más balanceadas y constructivas, con mejores resultados para todos los involucrados. Pensemos en las situaciones ya mencionadas:

  • Miedo escénico: la pregunta que debemos hacernos es ¿dónde estamos colocando nuestra atención? El temor a hablar en público generalmente viene acompañado -o producido- por imágenes recurrentes de aquello que puede salir mal, de los errores que podemos cometer frente a una audiencia determinada. Esto implica que estamos colocando la atención en algo que no nos apoya, que nos bloquea; de allí que un cambio en el enfoque es fundamental y generalmente calma los temores a la exposición.
  • Dudas e introversión: juzgar la introversión como algo negativo es realmente un malentendido. En realidad, si eres de las personas que se enfoca más en el interior, tienes un mundo de posibilidades para tu expresión, que provienen desde aquello que se mueve internamente. Esto implica un giro en el enfoque, para lograr utilizar los recursos subjetivos en una expresión que no exige, como a veces se cree, un despliegue de recursos gestuales o corporales, como quizás lo haría alguien extrovertido.
  • Emociones que abruman: al igual que con el miedo escénico, dejarse superar por el movimiento emocional es sostener un foco que no permite una expresión fluida y adecuada. En cierto modo es como si no dependiera de nosotros sino de la energía de las emociones, que por supuesto es impredecible, pero que debemos lograr encauzar. De allí que sea necesario apoyarse colocando la atención en un elemento más concreto y que podemos manejar a través de la voluntad consciente, por ejemplo en la postura corporal y en la respiración -no hay nada más concreto que esto-.
  • Ideas que se pierden: cuando pierdo el hilo de una presentación o exposición, o no encuentro la forma de compartir una idea en una conversación, hay un elemento de distracción presente, de cierta pérdida de conexión del propio ritmo y flujo del pensamiento. Pero con el manejo de la concentración, que funciona como un haz de luz que se dirige voluntariamente, es posible encontrar un espacio interior de calma donde “filtrar” los pensamientos y seguir con coherencia una temática, de inicio a fin.
  • Faltan las palabras: en la mayoría de las ocasiones logro identificar en esta situación un salto de la atención o el foco. Es posible que sea necesario trabajar sobre un mejor manejo del idioma o en ampliar el vocabulario, pero en general lo que ocurre es que estamos enfocados en una forma particular de articular palabras que puede no sernos natural. Por eso movilizar el enfoque para encontrar una aproximación más acorde con nuestra esencia facilita la superación de esta dificultad.

Como puede verse, el trabajo sobre la concentración y el enfoque es sumamente amplio y es el fundamento del desarrollo de las habilidades expresivas y la capacidad de comunicación.

Todavía hay un aspecto adicional en este asunto: sin capacidad para enfocar aspectos específicos, se hace imposible el avance o el aprendizaje. Es necesario poder mover el foco entre distintos aspectos: lo que experimento -sensaciones, emociones-; lo que se percibe desde afuera -mirado a través de una grabación o ejercicios frente al espejo, por ejemplo-; lo que pienso; la forma en que los demás reaccionan cuando me expreso; los niveles que se están manifestando en mi discurso -etapas del mismo, idea central y secundarias-; el lenguaje no verbal. Como podemos ver, se trata de un viaje en el cual mi atención debe alternar entre cada uno de estos elementos con gran rapidez, e incluso ocuparse de varios de ellos de manera simultánea.

Finalmente, es sumamente importante comprender que el enfoque no es únicamente una operación mental, sino una experiencia integral que sucede en todos los niveles de nuestra expresión.

Si quieres trabajar para alcanzar un mejor enfoque, podemos hacerlo juntos pues la atención se fortalece como un músculo, a través del entrenamiento dirigido, particularmente en la práctica de la expresión y la comunicación presencial. Puedes contactarme a través del correo contacto.ecreativa@gmail.com.

Aprendizaje, Comunicación

Resiliencia: superar la adversidad


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Hago una suerte de paréntesis para abordar un tema que ha estado muy presente durante los meses recientes, reflexiones que han sido generadas por una experiencia significativa, que me ha marcado de manera profunda, ampliando mi perspectiva sobre los procesos de comunicación humana. 

De las rupturas y las fronteras

Hay quienes han tenido que experimentar crisis profunda en sus vidas, quienes llevan sobre sí las cicatrices de irrecuperables rupturas, quienes viven las fronteras como el límite entre la vida y la muerte.

Algunas de esas personas tuve oportunidad de entrevistar a lo largo de este año: a la pareja que salió de la finca porque un grupo armado les amenazó de muerte; a la muchacha adolescente cuyo nombre colocaron en una lista negra porque había mostrado exceso de liderazgo en su pueblo; a la mujer que fue extorsionada y perseguida hasta que su fortuna se convirtió en un vacío profundo y soledad. Todo esto está en movimiento, en el mundo en que vivimos hoy, en la dimensión de los máximos contrastes.

No puedo exponer aquí los detalles, el material no me pertenece, pero sí puedo afirmar que fui testigo de las profundas heridas que tenemos en los países de América Latina y también en las naciones del mundo: las marcas de los conflictos, la violencia, la desigualdad y la injusticia.

Las cosas que damos por seguras

La mayoría de nosotros nos olvidamos de esas realidades difíciles en el devenir cotidiano. Si vivimos en un contexto de relativa paz, con ciertas garantías y seguridad, con un trabajo y espacios de entretenimiento, damos por sentado que esa es la realidad generalizada y juzgamos desde ese lugar al mundo.

Pero esos espacios han sido ganados a través de años de historia en confrontaciones, luchas de colectivos, movimientos y grupos sociales que han trabajado arduamente para lograr la defensa universal de los derechos humanos, entre muchas otras cosas que hoy pensamos que están garantizadas.

Es importante recordar que no lo están, porque si lo comprendemos seremos más cuidadosos en nuestro comportamiento, más responsables socialmente y mejores ciudadanos.

Hacia la resiliencia

También seríamos menos individualistas y autosuficientes, al comprender la importancia vital que tienen nuestras relaciones y vínculos con otros, los espacios e instituciones que nos acogen (la escuela, los centros educativos en todos sus niveles, los gobiernos locales y nacionales, las organizaciones comunitarias), y finalmente las experiencias y aprendizajes que van desarrollando en nosotros competencias y habilidades.

La resiliencia es tanto individual como colectiva. En una persona se manifiesta como la capacidad para sobreponerse a largos períodos de dolor y adversidad; en una sociedad como la posibilidad de resistir y responder a situaciones de crisis, garantizando la seguridad de los ciudadanos, gracias a la fortaleza institucional.

Lo cierto es que vivimos en un mundo que requiere de nosotros más consciencia y más resiliencia. Las crisis, los conflictos, los desastres, todas son señales de la necesidad de transformación en todos los ámbitos de la vida humana. Desde lo más personal e íntimo, hasta los espacios colectivos y las nociones universales, se requiere de nuestra reflexión y acción inmediatas.

Y son precisamente esas voces impactadas por la fatalidad las que tienen el saber y la experiencia necesarias para enseñarnos sobre cómo hacernos más fuertes y resilientes; sus historias representan tanto una alerta ante la iniquidad y los atropellos, como un testimonio de valor y superación.

ESCUCHARNOS

De modo que es fundamental escucharnos, no solamente a los eruditos y los expertos, a los exitosos y famosos, sino también a los olvidados y relegados, especialmente a quienes están fuera del sistema, aquellos que han sido discriminados y apartados. Es posiblemente allí donde estén las claves para transformar al mundo en que vivimos en un lugar de mayor paz e integración.

Aprendizaje, Comunicación

Mantenernos constructivos frente a la incertidumbre


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Todo cambio tiene una dosis de incertidumbre. Las modificaciones más pequeñas traen consigo movimientos que, por más minúsculos que sean, pueden producir algún grado de ansiedad frente a lo nuevo desconocido. Sumemos a esto nuestras expectativas, las ideas que tenemos sobre lo que debería ser y lo que no debería ser. Nuestros temores profundos, que pueden dispararse fuera de nuestro control en cualquier momento. Si miramos solamente este rostro de los cambios, pocas veces nos atreveríamos a modificar nuestra realidad.

incertidumbre

Pero la posibilidad transformarnos a nosotros y al mundo en que vivimos es real y, si miramos bien, está en todo lo que hacemos. Cada movimiento que iniciamos, cada relación, cada elección en el diario devenir, viene cargado de la idea de algo distinto, de alguna visión sobre las posibilidades futuras, de una esperanza sobre lo que deseamos experimentar.

Así que allí está, una suerte de tensión creativa: podemos temer al cambio, pero al mismo tiempo lo deseamos. Esperamos que las cosas en nuestro mundo se muevan, que sean diferentes en algún nivel a como son ahora. Porque todos queremos avanzar, crecer, aprender, abrir oportunidades, compartir, vivir el amor, el encuentro; y todos sabemos que para ello es necesario a veces retroceder, fracasar, fallar, cometer errores, perder, desencontrarse.

Si sabemos aprovechar estos momentos, que hay muchos en la vida (quizás la mayor parte del tiempo), en los que las cosas no van como queremos que vayan, en las que nos vemos movilizados hacia espacios y circunstancias desconocidas, encontraremos infinitas oportunidades para desarrollar nuevas habilidades, aprender distintos modos de hacer las cosas, producir o encontrar mejores resultados y además disfrutar el proceso. Porque donde están los mayores desafíos, también aguardan las mejores posibilidades.

Recientemente he enfrentado retos que considero importantes y he compartido algunas de estas ideas con amistades que están recorriendo nuevos caminos, iniciando proyectos, y juntos coincidimos en la necesidad de aprender a enfrentar la incertidumbre. Lo cierto es que tenemos la posibilidad de reconocerla como necesaria, para poder superar momentos difíciles, sostener el enfoque en lo que buscamos y dar solamente un paso a la vez, ni más ni menos.

Una forma de experimentar el mundo es asumiendo que lo que llamamos realidad es una proyección de nuestro interior: nuestras creencias y juicios funcionan como un filtro que nos permite ver sólo aquello que estamos preparados para percibir. Aceptar esto como cierto es reconocer que un cambio en el interior puede transformar radicalmente el mundo exterior.

Así que una decisión que puede servirnos de gran apoyo, es ver el mundo de la forma más constructiva que nos sea posible y hacernos responsables de ello. No me refiero al “ser positivo a ultranza”, tampoco al “estar por encima de los hechos”, sino trabajar sinceramente por aportar y edificar en cualquier relación, interacción o situación. Esta idea ha hecho una diferencia importante en mi vida, mantenerla firme no siempre es fácil, pero es una gran intención que me permite descubrir nuevas posibilidades en el camino.

He conocido personas que han pasado por situaciones que yo considero extremas, que han estado al borde de la muerte, o han atravesado verdaderos túneles que les han tocado profundamente en todos los niveles de su vida. Estos eventos los han hecho reinventarse, muchos incluso se han convertido en guías para otros, en luces del camino de los demás. No deja de sorprenderme la capacidad de nosotros los seres humanos para convertir los desafíos en aprendizajes y nuevas fortalezas.

Avancemos con la certeza de que, frente a la incertidumbre, nuestras capacidades se renuevan y fortalecen.

Aprendizaje, Comunicación

¡ESCUCHA! El necesario ejercicio de no juzgar


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De los ejercicios más importantes en los procesos de comunicación, está el escuchar. Practicar la escucha nos puede llevar a experiencias y aprendizajes profundos. Escuchar implica una posición de apertura, que podemos llevar al nivel que decidamos en función de nuestra visión y postura ante las cosas y las personas que nos rodean.

Recientemente me he propuesto llevar mi escucha a un nuevo nivel, intentando ser más consciente de los prejuicios que tengo al respecto de las personas. Ha sido un proceso desafiante y muy interesante, porque me he percatado, y estoy seguro no ser el primero en pasar por esto, que tengo más prejuicios de lo que creía.

Piensa por un momento en ello: hay personas que consideramos “menos”, de distinta manera, a veces de modos muy sutiles. Sé que nuestra primera reacción al plantear esto, la mía también la fue y todavía a veces me resisto, es decir “no, no, en mi caso no es así, yo he trabajado mucho y acepto a cualquier persona”. Pero lo cierto es que juzgamos de manera inmediata, sólo por el aspecto físico, o por la forma de hablar, entre otros elementos.

Incluso es una práctica natural conocer a alguien y luego revisar el conjunto de prejuicios que nos hemos hecho. Nos encontramos con alguien nuevo y más tarde estamos comentándole a alguien de confianza las cosas extrañas que dice o hace, y si nos ha caído mal por alguna razón entonces nos esforzamos por indicar lo que está fuera de lugar. Usamos muchos calificativos de manera muy alegre e irresponsable, por así decirlo.

Por supuesto el juzgar es inevitable, lo hacemos para procesar nuestras interacciones a mayor velocidad, ahorrar energía y poder ubicarnos ante los otros rápidamente, utilizando nuestras referencias del pasado. Entonces no se trata de eliminar el juicio (o prejuicio) sino de hacerlo consciente, saber que está allí y, lo que es más difícil, entender que eso no es la verdad, que puede estar equivocado (y la mayor parte del tiempo lo estará).

En realidad lo que hacemos la mayor parte del tiempo es lanzar nuestras proyecciones, nuestras ideas preconcebidas, a veces hasta nuestra “basura” sobre los otros. Lo que percibimos no son ellos, sino lo que nosotros creemos que son según nuestros estándares.

Este es el primer ejercicio que propongo, darme cuenta de que estoy equivocado, que coloco sobre las personas con quienes interactúo mis propias percepciones, que intervengo en niveles que producen a confusión, malos entendidos, porque en el fondo estoy intentando forzar a los demás a que vivan como yo creo que deben hacerlo, a que actúen ajustados a mis estándares, y les reclamo, sobre todo a los más cercanos, cuando esto no ocurre de esa manera.

¿Qué pasaría si recojo mi basura y la proceso dentro de mí en vez de lanzarla sobre los demás? ¿Con qué nos quedamos si juntamos nuestras proyecciones y las detenemos por un instante para intentar percibir lo que hay más allá?

No tengo respuestas para estas interrogantes, pero vale la pena intentarlo. Escuchar es un camino para el entendimiento, para la cooperación, para el fortalecimiento de nuestros vínculos como seres humanos.

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4 errores del aprender a expresarnos


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La conciencia sobre nuestras tensiones, movimientos emocionales, bloqueos, prejuicios, sigue siendo la mejor forma de avanzar en los procesos de comunicación en los que participamos. No hay forma de aprender a expresarnos mejor, de alcanzar los más altos niveles de conexión y de persuasión, que el conocimiento de nosotros mismos.

Este es un hecho muchas veces minimizado o menospreciado, porque la frase que reza “conócete a ti mismo” se toma a la ligera, cuando lo cierto es que esconde una gran sabiduría. Por eso quisiera hoy compartir con ustedes algunos errores típicos del aprendizaje en comunicación humana (oratoria, expresión, trabajo de la voz y afines) que son difíciles pero no imposibles de superar:

1. Separar lo técnico de lo ético.

Muchos talleres de oratoria, cursos para mejorar la capacidad de comunicación con otros, se enfocan exclusivamente en lo técnico, prometiendo aquello que no pueden garantizar. Basan todo su trabajo en “tips”, lo que se presenta como una forma rápida de mejorar las habilidades expresivas e impactar a otros en muy corto tiempo.

En general, no puedo afirmar que sea siempre, estos “atajos” son un engaño, y tienen un efecto de muy corto plazo. Además cuando un instructor o facilitador se enfoca sólo en la forma, haciendo indicaciones externas sobre cómo pararse, cómo mirar, qué tipo de palabras usar, sin ningún proceso que le sustente, lo que produce en el participante o cliente es tensión, que puede ir en aumento en la medida en que se intenta controlar el conjunto de elementos que intervienen en el acto de comunicación cara a cara.

No existe técnica sin ética, esto es: sin la reflexión sobre nuestro lugar en el mundo, la relación con otros y qué esperamos aportar o alcanzar al desarrollar nuestras habilidades de comunicación.

2. Creer que conocer es lo mismo que saber hacer.

Mejorar nuestra expresión es un proceso de entrenamiento, similar al que se requiere cuando queremos desarrollar una nueva competencia. Es imprescindible invertir tiempo de entrenamiento consciente, como si se tratara de un músculo. De modo que conocer una técnica, leer sobre ella en un libro, es el primer paso necesario, pero el proceso no debe terminar allí.

El desafío siempre será encontrar los espacios para, por cuenta propia, entrenar la expresión.

3. Fantasear con la idea de controlar a otros.

Me ha tocado numerosas veces acompañar a clientes que inicialmente desean controlar a otros, o se plantean objetivos muy externos que no en general no conducen a un buen proceso ni adecuada resolución.

Si el propósito está colocado en un efecto en extremo externo, como desear que los otros (compañeros de trabajo, miembros del equipo, supervisores o supervisados, amigos, pareja) hagan exactamente lo que yo deseo, se está partiendo de un imposible y seguramente de no corregir se generará frustración al no alcanzar los resultados esperados.

4. Sobrestimarse o subestimarse.

Creo finalmente que es muy importante trabajar con el propio ego. En general concibo que fenómenos como el miedo escénico o el exceso de confianza son distracciones, juegos internos que nos sacan del verdadero objetivo de un acto de comunicación.

El interactuar con otros lleva implícito la intención de cooperar, coordinar, comprender, colaborar; todos desafíos que requieren de mucha energía para ser alcanzados, aunque muchas veces los damos como alcanzados antes de tiempo. En este sentido, es crucial no permitir que el ego interfiera con un juego de comparación con otros.

Atajos como “piensa que nadie más sabe de esto como tú” o “imagina que la audiencia está desnuda”, son juegos que no recomiendo, o en todo caso sólo podrían ser utilizados en un caso concreto en donde sean realmente un recurso para un obstáculo particular, nunca son vías universales.

El ego tiene su lugar por supuesto, es el elemento que nos permite de forma consciente presentar y defender nuestra perspectiva en el proceso de comunicación, pero sugiero que siempre estemos muy conscientes si estamos comparándonos ya sea que nos creamos mejores o peores que otros (es el mismo juego), para colocar esa tendencia de lado y poner nuestra energía en el acto de comunicación.

Aprendizaje, Comunicación, Creatividad

NUEVOS CAMINOS para comunicarnos


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Como seres humanos, durante toda nuestra vida tenemos la oportunidad de explorar el mundo y probar cosas que jamás habíamos experimentado. De hecho, para muchos esta es la verdadera riqueza que podemos y debemos cultivar.

Si bien es cierto que es importante construir una estabilidad tanto para nosotros como para nuestras familias, no debemos olvidar que parte de nuestra condición como seres humanos es precisamente la curiosidad. Esta curiosidad es la que nos invita a visitar lugares nuevos, probar platos de otros países, aprender otros idiomas, frecuentar varios círculos sociales, solo por enumerar unas pocas cosas.

Saciar estas ganas de explorar proporciona un enorme grado de felicidad y regocijo. Además, podemos descubrir nuevos hobbies y otras posibilidades para enriquecer cualquier faceta de nuestras vidas (familia, trabajo o pasatiempo). Por si fuera poco, cuanto mayor sea el conocimiento que tengamos del mundo que nos rodea, tanto mejor será nuestra manera de comunicarnos con los demás.Bien sea porque aprendemos nuevos idiomas, costumbres de otros países o alguna habilidad personal, lo aprendido termina reflejándose en el cómo nos expresamos (consciente en inconscientemente). Por esta razón, cuando nos sentimos estancados, aburridos o perdidos en alguna situación personal, debemos necesariamente experimentar algo diferente (siempre y cuando ese “algo” no sea nada dañino).

Esta experiencia permitirá además, conocernos mejor a nosotros mismos, expandiendo nuestra zona de confort. Únicamente así podremos seguir creciendo, sin importar la edad que tengamos o lo poco o mucho que hayamos “vivido” hasta el momento.

Lo importante es tener la valentía de atreverse. Lo demás, bien sea que lo consideremos bueno o malo, forma parte del proceso.

Por Viviana Cusi @feelgreatpj