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Comunicación, Creatividad

Expresión auténtica para la paz


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Hay una relación estrecha entre la capacidad de comunicación y el entendimiento entre las personas. Si un conjunto de individuos aprende a escuchar con atención y expresar sus necesidades e inquietudes, hay muy altas posibilidades de que mejore su relación y su convivencia sea pacífica. De modo que la relación entre una buena comunicación y la paz parece ser evidente.

Otro asunto relevante es la identidad, aquello que somos, la forma en que nos percibimos y nos presentamos al mundo. Poder manifestar libremente esa identidad, sintiéndonos seguros, es otro elemento fundamental para la paz. Esta pieza completa la ecuación: una expresión auténtica abre la posibilidad de una conexión más completa entre las personas, mayor entendimiento. Esto solamente es posible si todos tenemos la misma capacidad y libertad de expresarnos tal y como somos, o tal y como queremos hacerlo.

Es cierto que existen obstáculos externos para una expresión auténtica, o que ciertos modos expresivos pueden ser señalados, discriminados o rechazados. Sin embargo, en estas líneas quiero referirme a las barreras o tensiones internas que merman la autenticidad y como ello va afectando nuestra capacidad expresiva, de comunicación, en otras palabras de contacto con los demás.

Es posible que generemos juicios sobre la persona que somos y nuestra forma de expresión. Quizás a muchos nos ha pasado vernos en un video o una fotografía y sentir desagrado por nuestra imagen, o rechazar el tono de voz que percibimos cuando nos escuchamos en una grabación, incluso podríamos juzgar nuestro aspecto físico frente al espejo. También es posible que identifiquemos un aspecto personal que nos desagrada, de modo que en nuestra vida cotidiana hacemos grandes esfuerzos por ocultarlo o disimularlo, teniendo como resultado una forma de comunicación forzada y poco natural, que genera desconfianza en los otros.

Por más pequeño que sea el bloqueo interno, se produce un nivel de tensión que afecta nuestra fluidez y naturalidad, que deforma nuestra espontaneidad y disminuye el impacto que podemos tener con nuestras expresiones. Algunos más, otros menos, todos podemos reconocernos en esta forma de funcionamiento y compartimos por igual el desafío de abrirnos y ser auténticos.

Así como la libertad y el espacio para una expresión auténtica conduce a la armonía y la paz, una expresión cargada de tensiones y forzada lleva al conflicto y la violencia. Por ello se hace fundamental comprender este mecanismo y atenderlo en nosotros mismos, hacernos responsables por los juicios que estamos emitiendo y desarrollar la confianza suficiente para comunicarnos de forma genuina y flexible.

Esto puede hacerse en un nivel concreto y con aplicación práctica, abordando la imagen que tenemos de nosotros mismos y permitiéndonos expresar eso que somos en los distintos roles que jugamos en la cotidianidad. Siendo padres o madres, profesionales de un área, parejas, hijos, hermanos, expertos en un campo del conocimiento, practicantes de algún oficio, todos tenemos múltiples espacios y maneras de comunicarnos, en función de un papel determinado, un contexto y una circunstancia. Una primera revisión puede desarrollarse identificando aquellos espacios en los que me siento más cómodo, en los que creo ser más auténtico; en igual medida aquellos en los que no me siento natural o relajado, los que menos se parecen a mí.

De este modo puedo fortalecer aquellos roles que siento me dan más libertad, así como aprender de aquellos en los que me siento tenso o forzado al flexibilizar mis formas expresivas. En cada parte del proceso, la adaptabilidad y la apertura son fundamentales.

La paz empieza en nosotros mismos; la autenticidad es una decisión personal, también una señal de respeto a quienes somos, a lo que es nuestra identidad. Una forma de crear espacios más armónicos y crear encuentro real, es siendo más auténticos, es permitiéndonos manifestar quienes realmente somos, para que los otros sientan la misma confianza y se sumen desde sus propios espacios a un encuentro genuino.

Comunicación, Creatividad, Espiritualidad

Lo espiritual: sutil y potente conexión


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Hoy quisiera poder escribir sobre algo delicado y sutil, que es al mismo tiempo poderoso. Se trata de, casi no sé cómo clasificarlo, una dimensión o ámbito de nuestra vida que muchas veces descuidamos.

Lamentablemente estamos acostumbrados a concebirnos como seres separados o fragmentados: consideramos que nuestro pensamiento, emociones y sensaciones corporales son fenómenos autónomos, apenas vinculados unos con otros. Por eso afirmamos que nuestras emociones nos llevan a hacer cosas que no queremos hacer realmente, o que nuestro pensamiento nos traiciona.

Es cierto que, si insistimos en esa perspectiva y vivimos con esa creencia, al paso de los años eso es lo que obtenemos: una dispersa sinfonía de diversos impulsos y señales, que pocas veces llegan a armonizarse. Entonces subrayamos la separación y la división, esto lo proyectamos hacia fuera y así cultivamos una experiencia de soledad.

Desde mi perspectiva, el ingrediente que falta allí es la espiritualidad, esa consciencia que puede devolvernos la vivencia de la conexión y hace posible que estén alineados pensamiento, emoción y corporalidad. Lo espiritual es fundamental para comprender al unidad que somos, tanto como para aceptar el vínculo que existe entre todo lo que se moviliza en nuestro entorno.

Es quizás el ámbito espiritual el que muchas veces, en los tiempos que corren, sentimos más aislado o apartado. Le dedicamos el tiempo que sobra, como una actividad especial de los domingos, algo que no es del todo imprescindible y que por supuesto no tiene utilidad real.

Pero en realidad sin la dimensión espiritual estamos perdidos, lo que afecta todas nuestras interacciones. Sin la vivencia de ese aspecto de nuestra experiencia, no tendremos vínculos trascendentes ni desarrollaremos nuestro potencial de comunicación. Esto porque:

  • El pensamiento suele ser errático, varía de un objetivo al otro con mucha rapidez, se agota con cierta facilidad y puede vagar sin dirección a menos que tengamos un propósito. Si trabajamos sobre la espiritualidad, tendremos mejor enfoque mental.
  • Las emociones también son cambiantes, continuamente varían y nos sorprenden con frecuencia. La consciencia espiritual nos permite percibirlas sin que nos abrumen o nos hagan caer por pérdida de balance. Y si caemos, por una sacudida emocional fuerte, volveremos a levantarnos a través de la conexión con un propósito trascendente, o por la certeza de ser más que ese suceso y esas emociones.
  • El cuerpo es lo más tangible que tenemos, a través de él percibimos y nos relacionamos con el mundo que llamamos real. Todo nuestro sistema de sensaciones se amplifica cuando permitimos el nexo espiritual.

Podemos elegir negar lo espiritual, creer que no hay nada más que nuestro pensamiento como fuerza suprema. Entonces eso será lo que experimentaremos y será una verdad total para nosotros. 

Sin embargo, también podemos escoger asumir la espiritualidad cada día de nuestra existencia, integrarla a nuestra cotidianidad, cultivarla y percibir cómo esto cambia nuestra perspectiva de manera radical.

Entonces nuestra presencia se hará más fuerte y nuestras comunicaciones tendrán mayor impacto, los vínculos que generemos tendrán más sentido y potencia. Sólo a través de la espiritualidad alcanzaremos la posibilidad de viajar hacia el otro, o que ese otro se movilice hacia ese lugar donde armonizamos, que es el de la verdadera comunicación.

Una vez entendido esto, el desafío será encontrar modos de entrenar la espiritualidad, dándole el mismo valor y tiempo que le ofrecemos a la mente (estudio), a las emociones (relaciones) y al cuerpo (ejercicio físico).

Si quieres saber más sobre cómo trabajar integrar estos elementos, para darte sentido y dirección, y facilitar comunicaciones de mayor impacto y trascendencia, escríbeme para apoyarte a contacto.ecreativa@gmail.com .